Pedro José Pereira se casó con Bernarda Miranda que nunca fue Miranda

 

A mí papá le gustaba las mujeres bajitas, con pelos largos y bien negros.
Mujeres que tuvieran la boca pequeña…

                                                                                              …y encontró a mi mamá.

colonizacao-portuguesa-brasil

Índia, seus cabelos nos ombros caídos,
Negros como a noite que não tem luar;
Seus lábios de rosa para mim sorrindo
E a doce meiguice desse seu olhar.

Índia da pele morena,
Sua boca pequena
Eu quero beijar.
Índia, sangue tupi,
Tens o cheiro da flor.
Vem, que eu quero te dar
Todo meu grande amor!
Quando eu for embora para bem distante
E chegar a hora de dizer adeus,
Fica nos meus braços só mais um instante;
Deixa os meus lábios se unirem aos seus.

Índia, levarei saudade
Da felicidade que você me deu.
Índia, a sua imagem
Sempre comigo vai
Dentro do meu coração,
Flor do meu Paraguai

Música de: José Asunción Flores
Letra de: Manuel Ortiz Guerrero

Tu abuelo, mi papá, solía cantar la canción India. Años más tarde entendí que se la cantaba a ella. A tu abuela, mi mamá.

Descubrí eso, que para mí fue un montón, cuando revisaba el placard hecho de peroba rosa, que es un gran árbol tropical que se usaba en la construcción civil, y me di cuenta que tenía un fondo falso y en él una caja de cartón con fotos antiguas. Te juro que casi no la quería abrir, temía encontrarme con algo obsceno que ellos han guardado allí para que los chicos no tuviesen acceso. Con los chicos, me refiero a sus cuatro tíos y a mí.

En la primera foto que vi, ellos estaban sentados sobre un mantel y este estaba estirado sobre un plano césped. No sé si tenía un lindo tono de verde porque la foto era en blanco y negro. Parecía una sabana, por eso supuse que era muy lindo. Alrededor de ellos se veía una inmensa pared montañosa. La próxima vez que hable con mi mamá le voy a preguntar en dónde estaban y por qué la caja estaba guardada como si la quisiesen esconder.

Ella llevaba puesto una blusa discreta, con botones hasta el cuello, las mangas eran cortas y fofas. La pollera tenía un tono más oscuro. Era larga. Si bien ella estaba sentada de costado, le cubría hasta los tobillos. Era toda tableada. ¡Qué delgada era mi mamá!

Sus zapatos eran hermosos. Como de una muñeca. Con un delicado botón al costado y unas medias cortitas con pequeños volados.

Tu abuelo, sin embargo, tenía la camisa abierta, casi,  hasta el ombligo. Sus pantalones eran Oxford y su pelo estaba engominado. Parecía un actor que vi una vez en una película de Grace Kelly. ¡Era muy lindo!

No me imagino que justo pasaba un fotógrafo por allí o que mi papá haya sacado el celular del bolsillo de su canchero pantalón para registrar aquel momento, por eso me atrevo a afirmar que aquella foto fue combinada, agendada con hora marcada y con fotógrafo contratado y pese a que la he escaneado, lo que me permitió aumentar, significativamente, no logré distinguir que tenía él en las manos, creo sí que era una carambola[1].  Lo que estoy segura es que para aquel entonces él ya fumaba, porque llevaba un paquete de cigarrillos en el bolsillo de la camisa.

Entre ellos dos había una canasta de picnic. No había nada más sobre aquel mantel cuadriculado.

Me quedé largo rato con la foto robada en las manos y me imaginé que si fuera en colores, seguramente, podríamos ver los singulares ojos azules de mi papá, el verde inigualable de la pradera y así sucesivamente. Entonces tuve una idea, la que llamo de magnífica. Decidí hacer diseño gráfico sobre la foto y darle los colores que me parecían. De esta forma logré ver el beige de la pollera de mi mamá. La verdad es que yo la hubiese hecho en rojo, pero sé que ella jamás se pondría algo así porque, según ella, el rojo no le queda a las personas de tez oscura. Ahora que pienso bien, mi mamá es negra y racista. Los zapatos los dejé blancos, inmaculados al igual que las medias, pero a ellas les di un blanco medio rosado, para parecer más puro. La camisa de mi papá la hice celeste para entonar con sus ojos. Este mismo celeste que vemos en las camisas de los choferes de la línea 132. Creo que la vida de ellos trascurrió en tonos pasteles. Un día, cuando tenga más tiempo y haya terminado de escribirte esta carta, voy a vestirlos con algo así más africano. Amarillo oro, el naranja del cielo de Buenos Aires en vísperas de días muy calurosos, rojo fuego. Lo voy hacer en homenaje a mi abuelo Marciano. Él sí, por más que se pusiera en tono pastel que quisiera jamás podría ocultar sus raíces africanas.

Y porque tu abuelo le gustaba la canción India; se casó con tu abuela. ¿O fue al revés?

Yo creo que él se enamoró de la inteligencia de ella y ella; bueno, ella jamás se casaría con un hombre feo y como estoy casi segura que ella, en aquella época, era racista, supongamos que el hecho de que el fuese rubio de ojos celestes; habrá ayudado en la elección.

Aquel casamiento movilizó a todo el pueblo. Un hombre blanco casándose con una negra no era común. La iglesia estaba dividida, desde el altar hasta la puerta de salida, con una soga. Del lado derecho estaban los blancos, invitados del novio, del lado izquierdo, los negros parientes de la novia y afuera en la puerta, sollozando, estaba mi abuela paterna, quien jamás se ha conformado de que su bello príncipe blanco haya elegido un negra para pasar el resto de su vida. Cuentan los que han vivido aquel momento que la fiesta fue una gran conmemoración para los negros y un velatorio para los blancos. Y esta singular pareja, por lo menos para aquella época, se casó, se fue de luna de miel y vivieron felices por siempre.

La vida de ellos fue transcurriendo sin mayores sobresaltos. Un lunes por la mañana, ella se despertó temprano para presentarse en la escuela en dónde ensañaba y él, amado y fiel marido, tuvo la fantástica idea de hacerle una gran sorpresa. Ella creyó que aquello había sido lo más sorprendente que él había hecho, pero él le demostró que podía hacer aún más  embarazándola cinco veces casi consecutivas. Ellos vivían, al igual que hoy, en el barrio del Alto Sumaré, al lado del río Tubarão en una casa de madera. Aprovechó la ausencia de su reciente esposa. Hizo un largo surco del río hasta la casa, encastró metros y metros de manguera. Agujereó la pared de la cocina  y de esta forma, cuando ella volvió de la escuelita, él lavaba los platos. Sí señor, ahora ella ya no tenía que caminar hasta el río con baldes. Evidentemente pintaba ser un buen marido. Convengamos que con aquella actitud él le demostró lo cuan preocupado estaba con el bien estar de ella. En aquella humilde y prolija casita de dos pisos ellos han vivido los primeros dos años de matrimonio.

Pero, la verdad, hija mía es que tu historia es muy anterior a esta fecha. Arranca allá en el año 1500. Cuando los portugueses descubrieron a Brasil.

Y así, sobre la extensión de tierra más bella que habían visto, se encontraban los Miranda –llegados de España-, los Demétrio –desde Portugal- y los Estirpe; que no sé de cuál de los dos países eran. Y bailaron noche y día festejando el gran hallazgo. Una gigantesca y paradisíaca isla en medio al océano atlántico. La nombraron Ilha de Vera Cruz.

Una enorme hoguera alumbraba aquella épica noche y al sonido de los más auténticos ritmos africanos…ah, me olvidé de esta parte. Junto con ellos estaban los casi un millón de negros esclavos quienes fueron llevados desde África para trabajar en el corte y traslado del pau Brasil o palo de Pernambuco como lo conocen en el mundo. Aquel árbol de color rojizo, suave como la colita de un bebé, de cuyo cierne vierte una ceiba color roja la cual era usada por los nativos para teñir sus rostros en las festividades. Claro está que en aquella época el color rojo solo era usado –en Europa- por el clero y la corte. La noble madera era cargada en los barcos por los negros esclavos y allá se transformaba en los portales de las iglesias, en anilina y más tarde en los arcos de los violines de las más renombradas orquestas de Europa.

Los Miranda, los Estirpe y los Demétrio fueron los encargados de poner orden en la colonia. Allí también estaba el príncipe Pedro José Pereira. Para aquel entonces él tenía solo 7 años y 10 centímetros más que cualquier niño de su edad.

Al príncipe Pedro Pereira le encantaban las bananas y fue –justamente- haciendo pis bajo un bananero que él encontró a su verdadero amor.

Perseguía el príncipe una hormiga con el chorro de orina cuando un pequeño bulto le llamó la atención. Una hermosa bebita rubia de ojos celestes se chupaba el pulgar. Vestida con un camisón largo –como lo hacían en aquella época- y una finísima capelina, digna de una princesa, la bebé lo miró sonriente y de nada sirvió la insistencia de las dos niñeras que tenían como misión celar por la integridad física y moral del pequeño príncipe heredero.

El niño volvió a la casa grande con aquel paquete blanco hacedor de caca. La nombraron Bernarda. La bautizaron y la formaron para que sea la esposa del príncipe ya que la colonia carecía de niñas rubias de ojos claros. Nunca nadie preguntó de dónde vino la bebé, pero como había que ponerle un apellido diferente para que pueda unirse a la familia real, le han puesto Miranda y así Bernarda Miranda se casó con el príncipe Pedro Pereira, pero jamás sabremos quien la pario.

Por las tarde de primavera la chica caminaba con su bella melena rubia por los jardines de la casa grande, mientras Pedro cabalgaba esperando el momento de sentir más de cerca el olor de los jabones traídos de Europa que aquel blanco cuerpo exhalaba.

O sea hija mía que el génesis de tu historia es más o menos así:

Pedro José Pereira se casó con Bernarda Miranda que nunca fue Miranda.

João Patrício Demétrio se casó con María Estirpe, juntos tuvieron a Marciano, acá se armó un lío porque Marciano nació negro. Marciano se casó con Otília Carolina Miranda, esta sí, era Miranda desde Europa.

Marciano y Otília tuvieron a tu abuela Delma. Mientras que Pedro Pereira y Bernarda tuvieron a tu abuelo Valdony.

Yo no sé en qué tramo de la historia. En qué parte de estos 500 años toda esta gente se quedó pobre. Porque convengamos que si todos estaban en el territorio brasilero desde los primordios de la colonia, podrían –mínimamente- tener hectáreas y hectáreas, ¿no? Yo tengo mi teoría, pero no sé si es la acertada.

Creo que fue por amor.

En estos 500 años muchas cosas han sucedido con tu familia brasilera. Los rubios de ojos celestes de la casa grande se casaron con las negras de las senzalas y sabés qué tuvieron? Mulatitos. La familia fue quedando colorida y pintoresca. Hoy podés encontrar narices aguileñas con rulos. Narices africanas y ojos azules.

Con relación a las profesiones, ahí podés encontrar aún más variedad. Menos doctores, lo demás hay.

Los africanos suelen decir que el sonido de los tambores nos llevan a la plenitud porque nos hacen recordar los latidos del corazón de nuestras madres cuando aún estábamos en el vientre materno. Yo, sin embargo, los recuerdo de aún más lejos, de tiempos más remotos. Los tambores me hacen recordar una África que nunca conocí. Como si volviera a casa, como algo acogedor, cálido en su máxima expresión.

Era una fresca mañana al pie de la Sierra del Río del Rastro en el pueblo de Arraial das Minas.

Bajando la ladera del Sumaré, una mulata de 7 años descalza con un cuaderno y un lápiz pasaba en frente a una gran casa con muros blancos y un jardín floreado en donde un señor limpiaba con celo su Ford-T.

Aquella casa parecía de otro mundo –pensaba ella-. Agarrada de los barrales de la reja, se quedó mirando aquel invento del hombre Ford.

Desde el portón ella lograba ver, en la galería, sentando esperando a que el auto esté listo, el niño de la familia. Un jovencito blanco como las hojas de su cuaderno. Hasta que de pronto salió la dueña de casa y la echó con un gesto de aquellos que se usaban para echar a los perros o a los negros pobres. Cosa que en aquella época era exactamente lo mismo. Ambos eran animales y por lo tanto podían ser tratados de la misma forma.

Pero a la niña negra no le molestaba. Soltaba la reja y allá iba brincando, descalza, con su único vestido y su único saco azul para la escuela. Se llamaba Eva.

En Arraial da Minas, solo había una escuela. Demasiada angustia para los ricos blancos, ya que sus preciosos hijos tenían que compartir sus pupitres con niños negros y pobres.

Fragmento de PARA BECKY CON AMOR

[1] El carambolo, conocida también como carambola, tamarindo chino, tamarindo culí, árbol del pepino, carambolera, carambolero, fruta estrella o fruta china es un arbusto tropical perenne, perteneciente la familia Oxalidaceae, común en Brasil.

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